Es de sobras conocido que Nueva Inglaterra es tierra de brujas y monstruos. Muchos grandes cronistas de lo oculto y lo maligno son moradores de estas tierras: Edgar Allan Poe era de Boston, HP Lovecraft de Providence, Stephen King es Maine. Es de sobras conocido el hecho que dos copias del Necronomicon están almacenadas en instituciones de la región (Harvard y Miskatonic) – con universidades como Yale en posesión de grandes colecciones de libros ocultos y prohibidos.
Como representante y embajador de P.I.F.I.A. en estas tierras, y en vista que estamos evaluando adorar los Dioses Antiguos como religión nacional (aparte del dado de 20, ¿no?), hace unos días decidí aventurarme en el corazón oscuro de la región, allá donde el río Connecticut fluye mansamente bajo bosques oscuros. HP Lovecraft habla de ese lugar – un poblado solitario, lejos de ciudades, rodeado de arboles antiguos y sombras amenazadoras, en medio de montes agrestes. Un lugar donde moran criaturas temibles, terroríficas. Lovecraft lo llamó Dunwich – los locales lo llaman Moodus, Connecticut.
Llegar a Moodus no es fácil. Resguardado, lejos de autopistas o grandes carreteras, el conductor tiene que cruzar el río Connecticut en East Haddam, a través de un viejo
puente giratorio. En la carretera señales recuerdan que en caso de mal tiempo el puente puede tener que permanecer abierto – una siniestra advertencia, en vista de los horrores que narran las crónicas.
Moodus es, de hecho, parte de East Haddam; una villa alejada del nucleo al lado del río. East Haddam siempre ha sido un lugar de veraneo para gente con dinero de Nueva York, Hartford y Boston; decadentes mansiones bordean el río, incluyendo el imponente Gillette Castle, el viejo castillo de un actor decimónico enloquecido. En el centro, dando la bienvenida a aquellos que cruzan el viejo puente, el edificio de la Godspeed Opera House vigila, silencioso, el lento fluir del ruido. Me detengo a pasear entre las viejas casas, contemplando el río, preguntándome qué clase de energía adquieren los primigenios cuando hechizan a los hombres con el poder de una ópera de Wagner. El pueblo es tranquilo, limpio, organizado, casi artificial, como si se esforzara en mantener las apariencias.
Tras la breve parada, sigo conduciendo; Moodus está apenas a seis millas, siguiendo una vieja carretera en un bosque imposíblemente verde. Los árboles son altos, viejos, casi amenazadores; hay un aire terrenal, pesado, antiguo en cada brote, en cada cañada que baja hacia el río.
La leyenda de Moodus se remonta a tiempos coloniales, cuando los primeros colonos descubrieron los ruídos bajo la montaña. Los indios hablan de una montaña a la que había que acercarse – Matchimoodus, el lugar de los malos ruidos. Las viejas historias hablaban de un Dios terrible y cruel bajo las colinas, un Dios que poseía una joya que causaba muerte y ruína humana. Cuando Hobomoko hablaba, su voz hacía la montaña retumbar con ruído terrible, un rugido nacido de las entrañas de la tierra. Los recién llegados les llamaron los Moodus Noises, los ruidos de Moodus – y fundaron un asentamiento a la sombra de la montaña.
Los puritanos, como buenos cristianos, creyeron que Hobomoko era el demonio, el mismo Satán – y los sacrificios de los indios para apaciguar a su Dios sacrificios al maligno. Armados con la fe y jurando defender la verdadera religión, quemaron unos cuantos indios y empezaron a predicar y vivir al lado del río, desafiando y vigilando el demonio.
Con el paso de los años, muchos se interesaron por los ruidos de Moodus. En los últimos días de dominio británico, un tal Dr. Steel dijo venir a extraer el carbúnculo, la misteriosa joya maligna que hechizaba la montaña. Tras construir una casa en una ladera del monte, el doctor trabajo sin descanso cavando bajo Moodus, hasta que un buen día, anunció haber encontrado la joya y partió de forma precipitada hacia Inglaterra. La joya, sin embargo, nunca llegó a Europa; el barco naufragó camino de Portsmouth sin que hubiera ningún superviviente. Años despues, terremotos asolaron la región a principios del s.XIX, con los locales atribuyendo la furia de la tierra a una batalla entre brujas en las profundidades de la montaña. . A finales de siglo, el New York Times hablaba de nuevos temblores, como si algo se moviera en la tierra. Algunos dijeron que era la furia de Hobomoko, y sus carcajadas cuando utilizó su maligno poder para recuperar el carbúnculo
Los años pasaron, y Moodus fue olvidada. Los habitantes, aislados del exterior, lejos de líneas de ferrocarril y de comunicaciones modernas, se cerraron sobre si mismos. Los ruidos pasaron a ser leyendas, cuentos de brujas en la moderna América de principios del s.XX. Todos sabemos lo que sucedió, sin embargo. HP Lovecraft lo narra en detalle en el Horror de Dunwich; conocemos la verdad sobre el mal bajo la montaña, el horror que arrastró los aldeanos de Moodus a la depravación y la locura. Conocemos la historia de Wilbur Whateley – vigilamos que aquel que abre caminos no despierte de nuevo bajo la montaña.
No tardo en llegar a Moodus. El pueblo es ahora un lugar muy distinto; las viejas casas del centro histórico fueron demolidas en 1967. Las crónicas hablan de un proyecto de renovación urbana; sabemos, sin embargo, que las cosas en Moodus no son tan sencillas. Debemos recordar que los Expedientes X son abiertos en 1946; J. Edgar Hoover probablemente conocía que algo se estaba despertando bajo la montaña, y actuó en consecuencia. No sabemos realmente lo que sucedió; los ruidos de Moodus siguen activos, vigilados de cerca por los aparentemente apacibles lugareños. Las autoridades siguen activas; cuando uno de los últimos hoteles del lugar cerraron, el estado se apresuró a comprar la propiedad, como temeroso que algo saliera de su control. Misteriosos incendios han causado daños, como si algo estuviera moviéndose, activo, buscando.
Camino por el pueblo, contemplando los nuevos edificios, algunos prematuramente envejecidos. Entro en una vieja mansión, ahora un anticuario. Busco entre viejos libros, pianos, cacharros variados. Pregunto sobre el incendio. No digo quién soy ni por qué estoy en Moodus; para los locales no soy más que otro gafapasta buscando trastos inútiles para decorar mi ático. Tras un rato de vagar por el viejo poblado, me acerco al viejo parque junto a la montaña, y me siento a leer, casi deseando escuchar los ruidos. Nada sucede – el Dios bajo la montaña parece no querer hablarme. Al rato, empieza a llover, casi sin avisar, de improviso. Cuando llego al coche, es un diluvio.
Me alejo de Moodus, conduciendo con prisa, huyendo bajo la lluvia. No creo ser bienvenido.