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Amazon y la magdalena de Proust (I)

spacecraft2kLos chavales que fuimos lo bastante afortunados de empezar a tener uso de razón en los primeros ochenta, conocimos, esto es indudable, un mundo infinitamente más hermoso y ordenado que la presente distopía cani-postmoderna. Forzoso es recordar, en estos días de conmemoración, que ver a diario en la tele a Chernenko presidiendo desfiles en la Plaza Roja o a la Thatcher matando de hambre a los mineros y devorando a sus hijos forjaba un carácter muy alejado del ethos actual, presidido por el primitivo y brutal sentimentalismo a lo Gran Hermano o Sálvame. Digamos que desarrollaba un particular sentido de la maravilla a la vez que un temple estoico. El mundo podía acabar mañana de un bombazo atómico, y molaba. En los barrios de clase media convivían los abueletes venidos del pueblo y de la España pretérita con los punkis y los jevis, y los niños tomábamos la precaución de echar un vistazo en busca de jeringuillas antes de ponernos a jugar al fútbol en la sucia arena del parque. Tierno Galván presidía la ciudad como un benigno deus otiusus, y el mundo estaba lleno de carteles sociatas y libros de Santillana con dibujos de José Ramón. Aunque los chavales nos enterásemos poco, la Movida aún no había sido asesinada por Mecano y Sabina. La posibilidad de que el PSOE perdiese unas elecciones parecía apenas menos remota que el aterrizaje de una nave tripulada por extraterrestres en mitad de la plaza de Quintana. Era insisto, un universo eminentemente ordenado, un cosmos que pareciera iba a durar siempre.

Pero los niños de los ochenta no contábamos sólo con la Guerra Fría, la pandemia de heroína y el sociatismo mesiánico para ofrecernos una ventana al mundo. No; durante la década anterior, se había comenzado a trabajar en Inglaterra -que, como es bien sabido, es el País de la Infancia- en un vasto programa educativo destinado a formar generaciones con mayor curiosidad y capacidades intelectivas: seres superiores, en suma, más frikis y mejores personas. Fruto de este movimiento regenerador fueron las colecciones de Usborne Publishing editadas en España por Plesa/SM, que ofrecieron a tantos y tantos niños su primer contacto con las cosas que de verdad importan en la vida: los dinosaurios, Roma y los romanos, el espacio, los vikingos, los ovnis y los fantasmas, los submarinos, ser detective o espía… aparte de otras más accesorias pero sin duda también interesantes:

38Bien, como todo en la vida no son, valga el calambur, the facts of life, de Inglaterra también salieron en los últimos setenta obras de carácter más recreativo -si es que cabe la frivolidad de considerar las naves espaciales como algo lúdico. Tal es el caso de la serie Terran Trade Authority, cuyo primer volumen, Spacecraft 2000 to 2000 AD, ilustraba las flotas espaciales de la Tierra, sus aliados y enemigos en el contexto de la primera gran guerra interestelar. El autor del libro y creador de la serie era Stewart Cowley, y la parte gráfica corría a cargo de excelentes ilustradores de ciencia-ficción. Tengo un ejemplar ahora mismo al lado mientras escribo, y a estas alturas es posible que se pregunten uds. a qué coño venía lo de la magdalena.

Pues el caso es que los libros de Terran Trade Authority también se publicaron en España, al menos el primero. Pero yo nunca tuve ninguno. Apenas me fue dado hojear un ejemplar durante unos breves minutos en el intermedio entre unas clases, hace ahora 20 años. El libro pertenecía a un compañero de clase singularmente repelente, ñoño y afeminado, y yo lo codicié secretamente. Al libro, no al niño. Después, pasó el tiempo, olvidé incluso el título y la editorial; pero algo permaneció en la memoria durante años. Dos palabras: Proxima Centauri. Spacecraft 2000 to 2100, y como quiera que lo tradujeran en España, narra la guerra entre la Tierra y Proxima Centauri.

Al cabo de dos décadas de incertidumbres y quiebras personales, políticas y deportivas, armado con esas dos palabras y unos afortunados algoritmos he conseguido localizar el libro en su versión original inglesa. Ha sido todo tan fácil y fluido que ni siquiera cabía la decepción; aunque hubiera resultado ser una mierda escrita por un oligofrénico y dibujada por un pariente galés de Romeu, hubiera tenido que esbozar una sonrisa ante la manera tan elegante en que se cerraba el círculo. Pero no; además es un libro precioso y, como viene de Inglaterra, huele a Inglaterra. O sea, huele igual que los libros de Plesa/SM que guardo en el desván de mi cantábrica casa. Y por eso digo que internet es como si, a fuerza de recordar, uno pudiera acabar comiéndose aquella magdalena otra vez.

O algo así.

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