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03/10
Preservar la historia: la era 8-bits
Todos tenemos un primer amor: el trasto, engendro, maquinita o juego que nos abrio la puerta al verdadero conocimiento friki. Siempre hay flirteos, curiosidad, preguntas, pero en algún momento de nuestra tierna infancia, un amigo, vecino o incluso nuestros padres nos iluminan, nos dan acceso a algo que nos hace descubrir nuestra esencia Poldava.
Para mí, este engendro fue el mejor ordenador de 8-bits jamás parido: el Amstrad CPC6128. Sí, había jugado con otras maquinas antes; un amiguete tenía un C64, un amigo de mi padre me dejó probar su Spectrum. Pero cuando un vecino le compró a su hijo un ordenador para que “aprendiera informática”, mis padres decidieron seguir su ejemplo.
Fracasaron estrepitosamente. Aunque pretendí programar cositas de vez en cuando (ese todopoderoso Basic 1.1), no tardé en descubrir que lo realmente divertido y fascinante eran los juegos. Cientos y cientos de juegos, llenos de bonitos colorines, que me permitían viajar a toda clase de sitios maravillosos. Cuando encima un amigo me enseñó un pequeño programa llamado Hercules que iba de vicio para copiar juegos, el frikismo me capturó totalmente.
Sí, amigos míos, yo fui uno de los que destruyó la industria del software español en esa época. Jugué a prácticamente todo y creo que pagué básicamente por nada. Pido perdón. A los tipos que crearon todas esas joyas del software durante los ochenta, sin embargo, que sepan que tienen mi eterno agradecimiento hasta el fin de mis días.
Dioses, qué cantidad de juegazos pudimos disfrutar en esa época. Topo Soft, Ópera, Dinamic, Made in Spain, AD, todas esas empresas sacaron petróleo de los 128 K de memoria, el Z80 y el extraño disco de tres pulgadas de esos ordenadores. Juegos como el Army Moves, Humphrey, Mad Mix, La Abadia del Crimen o Cozumel marcaron mi infancia más que nada en este mundo. Mis amistades en el colegio se basaron en quién tenía un CPC y quién era un cutre perdedor con un Spectrum (el único tipo con MSX era un auténtico marginado, aunque tenía el Metal Gear). Cuando fui capaz de llegar al final de la primera parte del Game Over (qué difíciles eran los juegos de Dinamic, por Dios) y dar la contraseña a todo el mundo fue uno de los momentos más gloriosos de mi vida. Y no digamos el descubrimiento de los juegos de lucha y las gloriosas tardes de lucha: nada mejor que una decapitación (con chorro de sangre incluída) en el Barbarian o una soberbia patada a la entrepierna en el IK+ para cimentar una amistad para siempre.
Para mi desgracia, por aquel entonces era bastante joven, así que no tomé precauciones y archivé todo mi software y hardware cuidadosamente. Mi Amstrad CPC6128, monitor (con convertidor de televisión para ver la tele) aún funcionan 24 años después, pero la unidad de disco falla más que una escopeta de feria, así no puedo disfrutar de la experiencia primigenia de la maquinaria retro. Tampoco tengo notas ni archivos rigurosos de mis experiencias en esa época, ni críticas publicadas sobre las obras maestras de esa época. Por no tener, no tengo ni acceso a materiales secundarios; mi madre insistió en tirar esas gloriosas Micromanías tamaño sábana de esa era.
Lo más triste, sin embargo, es que me temo que no soy el único. La era dorada del software español, los incios de la informática de masas, el nacimiento de la cultura friki videojueguil en los ochenta son una memoria gloriosa para muchos – una memoria que corre peligro. Encontrar hardware funcional es cada vez más difícil; encontrar software con cajas y manuales de esa época es casi imposible. No hablo ya de tener acceso a el arte original, código fuente o los ficheros de datos de los creadores de esos juegos, muchos de ellos desaparecidos.
Es por eso que desde esta página, desde P.I.F.I.A., quiero hacer un llamamiento. Lo hago con toda seriedad, sin bromas; esto es algo que creo es realmente importante. Pido a la Biblioteca Nacional, al Ministerio de Cultura, que creen una colección documental del software producido en España en esa época. Un fondo que preserve y mantenga el legado de esa época gloriosa de la industria del videojuego nacional.Quiero que busquen a los autores, guarden el código, recopilen la historia de esa época en la que España era la cuarta productora de videojuegos del mundo. Todo eso es cultura – es una pieza más de la historia del arte en España. Es algo que tenemos que conservar.
Mientras tanto, por aquí en P.I.F.I.A. podéis esperar una historia sentimental de esa era – un repaso de los juegos que disfrutamos y gozamos todos esos años. Un granito de arena en el recuerdo de esa época gloriosa.

Entre juegos deportivos y las clásicas adaptaciones de película de la época (¿Stargate el videojuego? cielos), siempre están los clásicos de Sega de siempre. La Megadrive tuvo una librería estupenda en ese aspecto, y tras tantos años, Sonic, Street of Rage, Golden Axe, Super Mónaco y familia siguen siendo buenos juegos. Los dos mejores cartuchos en la colección, sin embargo, son bastante menos conocidos; dos pequeñas obras maestras de la era 16-bits que sí son difíciles de encontrar. El más conocido es Comix Zone (con caja y manual), un juego que se vende a $20 sin problema. Es una especie de Double Dragon / Final Fight en un mundo ficticio de tebeo. Realmente muy, muy bueno. El otro es 
Un policía novato se ve envuelto en un tiroteo, y tras ser herido pierde el conocimiento. Despierta en un hospital, extrañamente solo…para descubrir que los zombis se han apoderado de todo. Escapa como puede, para después encontrar a su esposa junto un grupo de supervivientes…
Por descontado, los frikis de las ciencias sociales no están dejados de la mano de Dios – hay alternativas. La mejor, y que afortunadamente he podido cancelar mi subscripción para siempre y no voy a entrar nunca más (por mi propio bien) es
patadas que de vez en cuando se para a divagar sobre pseudofilosofía política. Es toda la ambición de grandes ideas de los clásicos pero sin las pajas mentales contemplativas de Ursula K. LeGuin, Lem o Arthur C. Clarke.