22
10/09
El antiantiabortista: fanfic épico
Yo tenía nombre, Paul Krugman. Desempeñaba un papel muy distante al de mi homónimo en otra dimensión, un solitario hidalgo con tripa que caminaba penosamente. Mi espada de diez libras la arrastraba por el suelo. Había que enseñar frío metal para espantar a nuestros subdesarrollados salteadores de caminos y para crear ¿nuevos surcos de cultivo? en aquellas agrestes tierras manchegas. Estaba decaído, con la cabeza mirando al suelo y notando la pérdida de mi torva mirada.
Al otro lado, las nuevas fuerzas masificadas del Poder. Aplastaban cultivos bajo sus botas. El griterío era infernal. La retórica, inigualable. Recuerdo muchísimas frases. “Mujer, la semilla de tu tripa debe crecer inexorablemente”. “Cómo martilleáis a la Naturaleza, rojerío”. “Boicot a la semilla que se marchita”. “¡Sal vivo, feto!”. “Perchas asesinas y bebedoras de sangre, a feto y mamá matáis a saco”. “El condón fue un error; la píldora, doble error. ¿Será triple o cuádruple el aborto?”. “¡Somos muchos, somos tres trillones! ¡Toda la humanidad!”. “¡El que aborte buen egoísta será, nos habrá alejado un poco más del hijo biónico perfecto!”.
A ambos lados miré y al izquierdo hallé una cabaña. Entré sin problemas. Dos poderosos, diferenciados y pequeños ejércitos eran alumbrados por una solitaria claraboya para el correcto desarrollo de su mutua partida de mus. Ahí, apartadas, estaban las katanas doradas y las mazas incandescentes de los bizarros caballeros del Manifestómetro. Y los trabucos con uranio de los linces de Lynce.
Me vieron curiosear y describir mentalmente. “¿Qué traes, forastero?”, me preguntaron. “Acabo de ver una marcha furibunda ahí fuera”, repliqué. Se excitaron enseguida. Se canceló todo juego. Era hora de salir. Era hora de razonar. Nos mimaba una suave brisa ahí fuera. Los dos bandos, Lynce y Manifestómetro, contaron asistentes con una inusitada precisión. Era una conjunción de genios, unos cerebros bien mimados. “58.000 humanos”, gritaron ambos al unísono. Me animé, di un paso adelante y les dije, por el bien de la épica, “contad con mi oxidada espada para exterminar almas de serie B”. Se limitaron a asentir y a palmear por mí.
Gritaba: “¡Sois pocos, cacho de boñigas! ¡Respetad a las matemáticas!” mientras bailoteaba con mi espada. Ellos respondieron. Ellos se derritieron. Fue un espectacular triunfo, conté con la amistad de dos pandillas para la próxima y a otra cosa mariposa. Ya no era ese falso señuelo de Paul Krugman. Grupos de extrema izquierda me dieron medallas doradas al heroísmo, buenas imitaciones de los nórdicos Nobel.
Lüzbel
Octubre 22, 2009
3:35 am
¿Medallas? ¿eso suma px? ¿se pueden vender y cambiar por espadas más gordas o hechizos más burros? ¿dan habilidades especiales? ¡confiesa!
P.D.: Me congratula que la etiqueta “cosas que me arrepentiré en el futuro haber escrito” haya tenido éxito. Estas cosas me hacen ilusión, snif, snif.