22

09/09

Elogio del Mal

Rabiaba de alegría al ver a Maldades, mi guía moral en el mundo freak. Cara fea. Elegante capa negra. Molaba más. Todos los tópicos de un supervillano en uno. Les relataré en detalle el porqué de mi defensa enconada.

Mañanas lluviosas, el mullido sofá, papis aguantando la tortura matinal y la relajación hogareña. Tele encendida. Yo, trastornado mental en versión niño. Serie infantil a 24 perfectos cuadros por segundo, denominada Tylon, ¡ahí veía al Supervillano Maldades haciendo cosas atroces como depilar al gato de… un bueno! ¡Cómo me molaban sus maldades políticamente correctas e inofensivas! Un ejemplo: A una adolescente inocente la agarraba por las caderas. Con el inocentísimo pretexto de “¡es para mis experimentos!”, la cogía porque sí y desaparecía.

Se sabía enseguida, por parte de los repelentes y rubios buenos, el paradero del Mal y la típica chica secuestrada. Realidad. Yo berreaba. Deseaba que el Mal triunfara por mera curiosidad y cambio de rutina, como quien quiere que el Coyote atrape al Correcaminos. Ficción. Llegó el momento. Maldades golpeaba cojonudamente. Buenos, mucha chiripa en sus débiles golpes sabiendo que el guión estaba a su favor. Muy mal estuvo el Mal. Pisó un cable pelado. Actuó de pena -la verdad que supe mucho más tarde: un ex-luchador de lucha libre interpretaba al Mal, vaya-. Y la diñó por vigésima segunda vez. Salvóse la fémina. Los buenos se marcaban el tanto y chocaban sus repugnantes y tersas palmas.

Perra realidad. Mi clase de Primaria. Discusión sobre la ardiente actualidad. Yo gritaba: ¡El Mal mola! Profundo desacuerdo en el resto del grupo, ¡les oías decir que el Bien molaba trescientas veces más porque sí! Cuántas mañanas perdidas, cuántos tiempos muertos bien aprovechados en pos de la construcción de un extraordinario freak, yo mismo. Ámbito social. Y las campañas navideñas me miraban de reojo, a través del televisor familiar Basic Line, riéndose de mi estúpida manía de ir a contracorriente. Merchandising de Tylon, a eso prestaba atención. Figuras de acción con dardos para derribar al Mal, en clara desventaja. Sí, armas más guapas para el supervillano pero eran simple atrezzo, no tiraban. Me regalaban precisamente esto por Navidades y yo, en la intimidad de mi cuarto, reconocía la legítima propiedad de la pistola de dardos pal malo malísimo. Antes de la pubertad, ya me sobraba excitación. A falta de pajas, bueno era ver a los buenos cayendo tiroteados.

Cómo no, la noción de bondad fantástica que se me trató de injertar en mi ego desde todos los niveles sociales fracasó. ¡Larguísima vida al Mal, siempre presto a dar sentido a series mediocres y a llevarse los trajes más guapos!

Comentarios

Dejar un comentario