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La Patrulla X y las tradiciones inventadas
A mediados de la última década del siglo pasado, la juventud española, aunque aún no completamente sumida en la anomia y el neoprimitivismo, empezaba a mostrar los síntomas de una profunda crisis de valores. Los vínculos sociales tradicionales se resquebrajaban ante la incipiente prosperidad y el empuje de los valores postmodernos por antonomasia -la autorrealización, el secularismo y el chonipijismo. Abolida la mili por el PGA (Primer Gobierno Aznar), y a la espera de que otros rites de passage -el carnet de conducir, el verano en Londres, el minuto loco- ocupasen su lugar, pocos acontecimientos marcaban el paso a la madurez. De todos ellos, quizá ninguno tan significativo como regalar la colección de tebeos.
En efecto, algo permanecía inalterado en la sociedad española: la necesidad imperiosa de deshacerse de todo álbum, comic-book, novela gráfica, volumen antológico, póster, trading-card, etc, que experimentaban los post-púberes cuando reparaban en que:
a) les interesaban más las tías, el alpiste y las drogas que lo que le pudiese suceder al Increíble Hulk o Nathan Never.
b) a las tías no les interesaba nada el Increíble Hulk, ni siquiera Nathan Never.
c) interesarse por ese tipo de cosas no sólo no les acercaba al objeto de su deseo, sino que señalizaba al objeto de su deseo que eran unos gilipollas y unos losers sin remedio.

La realidad...
En no pocas ocasiones, la urgencia por deshacerse del material incriminatorio era tal que el joven ni siquiera intentaba venderlo y sacar algún provecho, sino que lo regalaba a toda prisa a algún amigo o conocido más joven y cuyo córtex, por tanto, aún no estuviera frito por la conjunción de elementos endógenos (hormonas) y exógenos (frailty, thy name is woman…). A veces, la vergüenza y el dolor eran tan grandes que la ingrata tarea se dejaba a las madres; quienes, invariablemente, hacían entrega de la colección -tan afanosamente reunida durante años a costa de innúmeras renuncias- al niño más imbécil y retardado de la familia o el vecindario.
Bien, hora es ya de decirlo, yo nunca fui uno de esos sacrílegos. Mi carácter neurótico me ponía al borde de las lágrimas incluso cuando tiraba el envoltorio de las magdalenas; cuánto menos iba a darle mis tebeos a la parroquia o a algún pajillero de menos edad. Muy al contrario, mi resiliencia friki hizo que me aprovechase de sucesivas crisis para aumentar mis posesiones. Así, por ejemplo, una caja hasta arriba de La espada salvaje cedida por mi amigo Fernando -cuya colección de vinilos de Kiss no sucumbió, sin embargo, a mis avances. Pero la pièce de résistance, el Koh-i-Noor, la Mona Lisa de mi catálogo pasó a ser la colección de La Patrulla X de Fórum hasta el número 100 donada graciosamente por otro amiguete -la magnitud de cuya angustia vital, pensaba yo, podía inferirse de semejante sacrificio, comparable al de Shylock.
Pero corrieron los años y, como nadie puede sustraerse a los universales de la condición humana, yo también experimenté la desazón de ser una criatura escindida y socialmente inadecuada. No obstante, tuve en el último momento la precaución de atarme al mástil: previendo con buen juicio que en algún momento pasaría la tormenta, empaqueté la colección primorosamente en bolsas protectoras, cajas y más cajas, y la envié a la vieja casa familiar de la Montaña como una cápsula del tiempo que, en algún momento del futuro, el extraño que sería yo abriría.
Ahorraré el relato de los años siguientes. Digamos que un día, con la excusa de releer Watchmen, subí al desván y abrí las cajas. En sucesivas visitas repasé otras piezas y, aunque no había sido lo bastante precavido de elaborar un inventario, noté que faltaban ejemplares de Lobo; cosa que achaqué a préstamos atolondrados. Bien: todo el Excalibur de Alan Davis seguía en su sitio, y allí estaban también todos los polvorientos tomos de Vértice que había rebuscado en el Rastro y librerías de viejo. Y allí seguían los 100 primeros números de La Patrulla X. ¿O no era así?

...y el deseo.
Bien, llega el triste momento de confesar que no. Hace poco lo he sabido. He abierto todas las cajas, y en la correspondiente a la joya de la corona apenas hay un solitario número 100, algún triste merchandising y unos cuantos ejemplares de los X-Men de Jim Lee en formato americano. No poco, es cierto, pero tampoco la materia de que se hacen los sueños. No, no penséis en el préstamo; menos aún en el robo -los tebeos de Claremont y Byrne no cotizan al alza en las aldeas de la Cordillera Cantábrica. La verdad es que nunca estuvieron allí. Ahora estoy seguro: fue todo un espejismo, una ilusión alimentada por el tiempo y la distancia. Y he pensado en las “tradiciones inventadas” de Hobsbawn. Y en John Wojtowicz, el modelo real de Pacino en Tarde de perros, que al cabo de 30 años había mezclado sus propios recuerdos del atraco con la película, y ya no distinguía la una de los otros.
Es cierto que siempre tuve delante los indicios. Si de verdad poseía La Patrulla X original, en formato grande, ¿qué demonios pintaban todos aquellos números de la Segunda Edición, en formato yanqui? ¿Cómo podían ocupar menos 100 números de La Patrulla X que 60 de Excalibur? Pero, como en tantos otros casos, la inercia de la ficción y la disonancia cognitiva pueden más que cualquier dato objetivo. Hay quienes creen que la tradición que hay en su pueblo de tocar la cornamusa, vestirse de sota de bastos o zumbarse cabras se remonta a la prehistoria. Porque eso proporciona un relato donde antes sólo había una sucesión amorfa de acontecimientos; dota de sentido a lo que, si no, sería una historia estúpida y sin propósito: nacer y morirse y, por el camino, zumbarse alguna cabra. Yo, inconscientemente, necesitaba creer que aquellos 100 números existían porque, si no, menuda mierda de adolescencia -y quien haya crecido en un barrio de clase media en los ochenta-noventa sabe que el terror de la historia de Eliade es un juego de niños en comparación. Y, sobre todo, porque si no, ¿para qué coño había guardado todas aquellas puñeteras cajas durante años?
Así que bajé del desván tambaleándome y, durante unos minutos, deambulé por la casa y el jardín con la mirada perdida, un hombre roto. Luego pensé en la maleta llena de ejemplares de Superman y Batman de los 50 que desapareció de la casa de mi padre en los grises años de su post-adolescencia. Pensé en los escalofríos que deben de recorrerle la espalda cada vez que, cual Rosebud, la recuerda; y me sentí modestamente afortunado.
citoyen
Noviembre 5, 2009
11:23 am
yo sólo sucumbí en una ocasión a la tentación; cuando vendí mi mazo de cartas magic, también acumulado a lo largo de los años con tasas de ahorro anormalmente alta y renuncias a bollos de chocolate en el recreo y la comida. Mis dos dragones shivanos; mis cuatro erham dijin; mis cuatro serra angels; mi taiga- todos fueron malvendidos en una de mis últimas visitas a arte nueve. Me ocurre de vez en cuando encontrar en algún cajón o algun en el hueco de la cama alguna montaña o bosque- especialmente los bosques nevados de era glacial- y también me inunda la nostalgia.
Afortunadamente, no llegué a consumar nada parecido con el resto de artículos; mis skaven están ahí, o eso creo, como lo está mi serie roja de dragon ball y mis colección de libros y ampliaciones de mundo de tinieblas.
Egócrata
Noviembre 5, 2009
1:16 pm
Mis cartas de Magic. Cielos, yo las regalé, para convertirme en el tío enrollado que tiene cosas chulas. Uno de mis sobrinos me adora por ello (tiene cuatro Serra Angels y cuatro Sengir Vampires impecables de tercera edición, más Will o´the Wisps, Icy Manipulators y un Mox Jade -¡Mox!-), pero yo lloro cada vez que lo recuerdo.
El gran crimen, sin embargo, fue mi madre tirando la colección completa de Dragon Magazine (ed. Española) que tenía en un armario. ¡Argh!
Draco
Noviembre 5, 2009
1:38 pm
Yo hice selección.
Las novelas gráficas y las cosas que sabía que releería las tengo en un armario en mi despachito. De hecho, junto a Borges y Conan Doyle. De los juegos de rol que releo (si, que vergüenza) de vez en cuando, especialmente las ambientaciones del Cthulhu, Kult Ángeles y demonios, Paranoia… no he tirado ni uno y están en otro armario a buen recaudo. De hecho junto a los manuales viejos.
Todo lo demás lo envié al pueblo y me imagino que será pasto de la humedad y los lepismas.
Por cierto: me parece horrible que la introducción no haya sido precedida de una mítica tira de Piñol, que cubrió el tema de comics y señoritas con sin par maestría.
mg
Noviembre 5, 2009
9:59 pm
Luego os preguntaréis por qué no hay mujeres en NP.
J
Noviembre 5, 2009
10:43 pm
Lo peor es cuando, ya en la época de la facultad, descubres que si que hay tías a las que le gustan los tebeos. Pero tebeos gafapastas americanos, de esos con niños suicidas de madres solteras en pueblecitos del Medio Oeste. El Horror.
Lüzbel
Noviembre 6, 2009
1:43 am
“Pero tebeos gafapastas americanos”
O cómic europeo con trasfondos sociales lacrimógenos, horriblemente mal dibujados (”trazo experimental” dicen), mal narrados y horriblemente demagógicos…eso sí, muy comprometidos.
Egócrata
Noviembre 6, 2009
5:32 am
MG, vamos a tener que convocar a las dos féminas que habitan y escriben en P.I.F.I.A. y son poldavas de pura cepa. He dicho.
(y porras, estoy casado. Hay frikis ahí fuera, en serio)
mg
Noviembre 6, 2009
11:08 am
Egócrata, no sé por qué aún no han conminadas a ingresar en el Partido, la verdad.
Erpablillo
Noviembre 6, 2009
1:59 pm
Mi crimen: la serie completa de Daredevil de Romita y Nocenti regalada a un sobrino para nunca más verla, sniff.
Creu
Noviembre 9, 2009
10:24 am
Yo, confieso; soy un friqui de absolutos; cuando empece con los comics, compraba todas las colecciones de Marvel que llegaban a la tienda (unas doce, vivo en Almería no en Madrid), por desgracia mi kiosquero se dio cuenta del filón y empezo a traer más hasta desnivelar del todo mi economia (maldito despertar mutante). Dado que no soy capaz de moderar mis impulsos consumistas cuando se trata de mis fricadas, no tuve más remedio que deshacerme de toda la drogaina comiquera para evitar una recaida. Y seis cajas de tomates con toda mi colección viajarón de mi casa a la de mis cuñados para perderse para siempre.
Algo similar me paso con las Magic, cuando decidi cortar con ese vicio malsano ya tenía todas las cartas blancas y rojas (de tercera y cuarta ed.), y de las demas me faltaban apenas unas veinte para terminar la colección completa. Si ademas tenemos en cuenta que yo jamas compraba una carta, si no que las obtenia de sobres y cambios, imaginaos el nivel de gasto (bueno no es necesario… unos veinte mil duros mensuales). También tuve que acabar con ello por el mismo prcedimiento… y mis cuñados tubieron unos años de reinado de terror entre sus amigos magiqueros (no veas el juego que dan 4 tierras dobles de cada).
J
Noviembre 10, 2009
9:34 am
Ah, el completismo es la modalidad particular de hybris del friki. Yo llegué a hacer la colección entera de “Los caballeros de Pendragon” por puro pundonor.