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11/09

La Patrulla X y las tradiciones inventadas

A mediados de la última década del siglo pasado, la juventud española, aunque aún no completamente sumida en la anomia y el neoprimitivismo, empezaba a mostrar los síntomas de una profunda crisis de valores. Los vínculos sociales tradicionales se resquebrajaban ante la incipiente prosperidad y el empuje de los valores postmodernos por antonomasia -la autorrealización, el secularismo y el chonipijismo. Abolida la mili por el PGA (Primer Gobierno Aznar), y a la espera de que otros rites de passage -el carnet de conducir, el verano en Londres, el minuto loco- ocupasen su lugar, pocos acontecimientos marcaban el paso a la madurez. De todos ellos, quizá ninguno tan significativo como regalar la colección de tebeos.

En efecto, algo permanecía inalterado en la sociedad española: la necesidad imperiosa de deshacerse de todo álbum, comic-book, novela gráfica, volumen antológico, póster, trading-card, etc, que experimentaban los post-púberes cuando reparaban en que:

a) les interesaban más las tías, el alpiste y las drogas que lo que le pudiese suceder al Increíble Hulk o Nathan Never.

b) a las tías no les interesaba nada el Increíble Hulk, ni siquiera Nathan Never.

c) interesarse por ese tipo de cosas no sólo no les acercaba al objeto de su deseo, sino que señalizaba al objeto de su deseo que eran unos gilipollas y unos losers sin remedio.

La realidad...

La realidad...

En no pocas ocasiones, la urgencia por deshacerse del material incriminatorio era tal que el joven ni siquiera intentaba venderlo y sacar algún provecho, sino que lo regalaba a toda prisa a algún amigo o conocido más joven y cuyo córtex, por tanto, aún no estuviera frito por la conjunción de elementos endógenos (hormonas) y exógenos (frailty, thy name is woman…). A veces, la vergüenza y el dolor eran tan grandes que la ingrata tarea se dejaba a las madres; quienes, invariablemente, hacían entrega de la colección -tan afanosamente reunida durante años a costa de innúmeras renuncias- al niño más imbécil y retardado de la familia o el vecindario.

Bien, hora es ya de decirlo, yo nunca fui uno de esos sacrílegos. Mi carácter neurótico me ponía al borde de las lágrimas incluso cuando tiraba el envoltorio de las magdalenas; cuánto menos iba a darle mis tebeos a la parroquia o a algún pajillero de menos edad. Muy al contrario, mi resiliencia friki hizo que me aprovechase de sucesivas crisis para aumentar mis posesiones. Así, por ejemplo, una caja hasta arriba de La espada salvaje cedida por mi amigo Fernando -cuya colección de vinilos de Kiss no sucumbió, sin embargo, a mis avances. Pero la pièce de résistance, el Koh-i-Noor, la Mona Lisa de mi catálogo pasó a ser la colección de La Patrulla X de Fórum hasta el número 100 donada graciosamente por otro amiguete -la magnitud de cuya angustia vital, pensaba yo, podía inferirse de semejante sacrificio, comparable al de Shylock.

Pero corrieron los años y, como nadie puede sustraerse a los universales de la condición humana, yo también experimenté la desazón de ser una criatura escindida y socialmente inadecuada. No obstante, tuve en el último momento la precaución de atarme al mástil: previendo con buen juicio que en algún momento pasaría la tormenta, empaqueté la colección primorosamente en bolsas protectoras, cajas y más cajas, y la envié a la vieja casa familiar de la Montaña como una cápsula del tiempo que, en algún momento del futuro, el extraño que sería yo abriría.

Ahorraré el relato de los años siguientes. Digamos que un día, con la excusa de releer Watchmen, subí al desván y abrí las cajas. En sucesivas visitas repasé otras piezas y, aunque no había sido lo bastante precavido de elaborar un inventario, noté que faltaban ejemplares de Lobo; cosa que achaqué a préstamos atolondrados. Bien: todo el Excalibur de Alan Davis seguía en su sitio, y allí estaban también todos los polvorientos tomos de Vértice que había rebuscado en el Rastro y librerías de viejo. Y allí seguían los 100 primeros números de La Patrulla X. ¿O no era así?

<p align="right">...y el deseo.</p>

...y el deseo.

Bien, llega el triste momento de confesar que no. Hace poco lo he sabido. He abierto todas las cajas, y en la correspondiente a la joya de la corona apenas hay un solitario número 100, algún triste merchandising y unos cuantos ejemplares de los X-Men de Jim Lee en formato americano. No poco, es cierto, pero tampoco la materia de que se hacen los sueños. No, no penséis en el préstamo; menos aún en el robo -los tebeos de Claremont y Byrne no cotizan al alza en las aldeas de la Cordillera Cantábrica. La verdad es que nunca estuvieron allí. Ahora estoy seguro: fue todo un espejismo, una ilusión alimentada por el tiempo y la distancia. Y he pensado en las “tradiciones inventadas” de Hobsbawn. Y en John Wojtowicz, el modelo real de Pacino en Tarde de perros, que al cabo de 30 años había mezclado sus propios recuerdos del atraco con la película, y ya no distinguía la una de los otros.

Es cierto que siempre tuve delante los indicios. Si de verdad poseía La Patrulla X original, en formato grande, ¿qué demonios pintaban todos aquellos números de la Segunda Edición, en formato yanqui? ¿Cómo podían ocupar menos 100 números de La Patrulla X que 60 de Excalibur? Pero, como en tantos otros casos, la inercia de la ficción y la disonancia cognitiva pueden más que cualquier dato objetivo. Hay quienes creen que la tradición que hay en su pueblo de tocar la cornamusa, vestirse de sota de bastos o zumbarse cabras se remonta a la prehistoria. Porque eso proporciona un relato donde antes sólo había una sucesión amorfa de acontecimientos; dota de sentido a lo que, si no, sería una historia estúpida y sin propósito: nacer y morirse y, por el camino, zumbarse alguna cabra. Yo, inconscientemente, necesitaba creer que aquellos 100 números existían porque, si no, menuda mierda de adolescencia -y quien haya crecido en un barrio de clase media en los ochenta-noventa sabe que el terror de la historia de Eliade es un juego de niños en comparación. Y, sobre todo, porque si no, ¿para qué coño había guardado todas aquellas puñeteras cajas durante años?

Así que bajé del desván tambaleándome y, durante unos minutos, deambulé por la casa y el jardín con la mirada perdida, un hombre roto. Luego pensé en la maleta llena de ejemplares de Superman y Batman de los 50 que desapareció de la casa de mi padre en los grises años de su post-adolescencia. Pensé en los escalofríos que deben de recorrerle la espalda cada vez que, cual Rosebud, la recuerda; y me sentí modestamente afortunado.

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