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Libros que no deben ser nombrados
En el centro de la ciudad de New Haven, al sur de Nueva Inglaterra, uno puede encontrar un nutrido grupo de edificios neogóticos. Son las dependencias de la vieja Universidad de Yale, hogar de intelectuales, ricos herederos y depravadas sociedades secretas – un templo de la vieja élite protestante americana. Andando por las calles de la vieja ciudad, uno parece estar rodeado de viejos templos medievales – centros de saber, lugares de calma y erudición.
Entre todos los edificios del campus, sin embargo, hay uno con una energía distinta, conflictiva, extraña. Al final de una larga plaza, una gran construcción parece cubrir el horizonte, vigilante, inquisitiva. Un imponente templo de tres naves, altas, afiladas, parece mirar la ciudad como un dragón en reposo. Detrás de las enormes puertas, de las torres y contrafuertes, una gigantesca mole de piedra se eleva sobre el tejado -un extraño monolito gris, pesado, solemne y oscuro bajo el cielo de Nueva Inglaterra. Es la Sterling
Memorial Library, la biblioteca principal de Yale.
El edificio oculta dentro de sí un colosal, enorme, laberíntico complejo. Sótanos, pasillos, oficinas olvidadas, cavernosas salas de lectura, cuartos de mapas lárgamente cerrados, despachos polvorientos, decadentes dependencias de estudio parecen extenderse en todas direcciones, sin sentido u orden aparente, en un amasijo de pasillos mal iluminados, puertas cerradas y zonas prohibidas. La torre, la enorme torre, alberga el cíclopeo almacen de libros, quince plantas con interminables estanterías y cientos de miles de volúmenes, mal iluminados, oscuros, solitarios en la enorme mole de piedra.
Cuenta la leyenda que cuando se construyó el edificio, a finales de los años veinte, los arquitectos compraron mucha más piedra de la que se ve en el edificio. Los rumores de estudiantes hablan de extravagantes decoraciones en los tejados, zonas prohibidas, alas ocultas para uso de ricos herederos degenerados en cultos secretos, o extrañas extravagancias donde se lanzan asus lujoriosas y obscenas perversiones. Cuando hace años trabajé en los oscuras catacumbas de Sterling, buscando y clasificando series interminables de libros, estas historias parecían extrañas, pero no completamente increíbles. Andando a solas entre estantes, recogiendo tomos en los sótanos, buscando papeles en viejos archivos, la sensación era la de un edificio inabarcable, incomprensible, incontenible – un lugar que ocultaba algo que nadie era capaz de nombrar.
Repasando viejas historias, empecé a atar cabos. La Sterling Memorial Library fue terminada en 1931, y una de las primeras colecciones que albergó fue la célebre colección de libros raros de la universidad, que hasta entonces habían estado en otro edificio más pequeño. El traslado fue apresurado – algo extraño, en una universidad conocida por su parsimonia. Basta con echar un vistazo a los sucesos de años precedentes, sin embargo, para darse cuenta de por qué esas prisas, esa súbita inyección de dinero, ese gran edificio con aspecto de fortaleza – fenómenos extraños en Nueva York, Londres, el Cairo, Shangai, Kenia, en un corto espacio de tiempo, culminando en el inexplicable portal austral de 1928. El gran público no conocía el alcance de estos sucesos, pero es muy

posible que J. Edgar Hoover supiera que algo estaba pasando. Ante el imparable avance de las fuerzas de la oscuridad y su inminente toma del poder en Alemania, la colección de libros raros de Yale no podía caer en las manos equivocadas del mismo modo que lo habían hecho algunos artefactos malditos del Museo Británico meses antes.
Con el paso de los años, el poder de esos viejos tomos ocultos en lo más profundo de la biblioteca empezaron a corromper el edificio, y la ciudad a su alrededor. New Haven entró en decadencia, víctima de odios raciales, temores, crimen, como si una fuerza la pudriera desde dentro. La administración Kennedy (y más concretamente su vicepresidente Johnson, que más tarde intervendría en la crisis de Dunwich) empezó a considerar alternativas, hasta decidir construir una nueva biblioteca.
La biblioteca Beinecke, a dos pasos de Sterling, es radicalmente distinta a su antecesora. Más pequeña, dedicada exclusivamente a libros raros y colecciones restringidas, es un cubo de cristal contenido entre pareces de alabastro – ligero, etéreo, transparente. Como su hermana mayor, está rodeada de leyendas. Sólo la existencia de varios sotanos hace sospechar que su contenido va más allá de libros antiguos, y que su forma es casual, un diseño puramente estético. Beinecke es, de hecho, una cámara de contención, un depósito de saberes antiguos y peligrosos. Una barrera a secretos insondables, que van más allá de la mente humana.
Sólo el tiempo dirá si esta protección es segura. En R’lyeh, los antiguos esperan…